viernes, 20 de junio de 2008

Confesional XVIII

Abrió sus ojos intranquilo, asustado, como si despertara de una larga pesadilla. Se incorporó lentamente, sintiendo que su espalda se resistía a camibar de posición. Era la primera vez en mucho tiempo que podía dormir, y ni siquiera se había dado cuenta del momento en el que el sueño lo tumbó sobre esas sucias hojas otoñales que rodeaban el árbol más viejo de toda la plaza y de toda la ciudad.
Se sacudió su cabello que cada vez estaba más largo, y frotó sus ojos como para tratar de disipar toda la niebla que veía a su alrededor. Era temprano, y todo estaba quieto, mientras los tímidos rayos del sol buscaban hasta el más mínimo resquicio para caer al suelo. Sentado ahí, miró las botellas a medio vaciar, los restos de cigarrillos, todo lo que desde hacía una semana lo mantenía vivo a falta de comida. No era que le faltara dinero, tan solo que desde aquel domingo frío, su cuerpo se resistía a pedirle nutrientes o cualquier tipo de alimento saludable, solo quería alcohol que destruyera su hígado, cigarrillos que oscurecieran sus pulmones. Hasta su mente se complotaba, torturándolo con recuerdos que dolían mas que el frío invernal en sus desprotegidos pies.
Le costaba moverse, incluso respirar le parecía una tarea sumamente difícil. Se preguntó si ya no estaba sintiendo los efectos de esos últimos siete días de desenfreno, de una búsqueda deliberada del sufrimiento, y por un momento hasta se sintió reconfortado por ese pensamiento. Ya nada tenia sentido, repetía una y otra vez, como una silenciosa letanía. Lo repetía todo el tiempo, solo, ante esas personas que aparentaban preocuparse por el, ante los que se burlaban y trataban de robarle sus vicios.
Nada tiene sentido, decía, y se hundía en sus cavilaciones.
Los rayos del sol iluminaban cada vez con más fuerza, pero el sentía más y más frío con cada segundo que pasaba. Y la niebla no se disipaba, mientras sus manos comenzaban a estar bien.
Nada tiene sentido, dijo, y la botella rodó de sus magullados y sucios dedos.
Al día siguiente la policía llegó, hizo una inspección de rutina y se llevó el cuerpo a una morgue que luego de la burocracia lo entregaría a la muerte anónima que ya había reservado turno.
El forense examinó con algo de repulsión el cuerpo de ese joven con un rostro aniñado que parecía haber conocido épocas mejores. “Tiene la edad de mi hijo” dijo para si “que pena, que pena” repetía mientras abría el tórax pálido en la que los ahora muertos dedos habían escrito la letanía para que trascendiera una última vez.

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